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Disrupción tecnológica: la batalla silenciosa por el poder en 2025

Hace apenas una década, la inteligencia artificial era vista como una promesa futurista. Hoy, en 2025, es el campo de batalla donde se está decidiendo quién tendrá el poder en el nuevo orden global. Y no son solo los gobiernos los que compiten: las grandes tecnológicas se han convertido en actores tan influyentes como cualquier estado.


Meta planea invertir entre 66 y 72 mil millones de dólares este año en centros de datos y superordenadores, una cifra que dobla la del año pasado. Su joya de la corona, el supercúmulo Prometheus en Ohio, promete procesar cantidades de información impensables hace unos años. Mientras tanto, la IA generativa empieza a redefinir las reglas de las fusiones y adquisiciones empresariales, convirtiéndose en un arma estratégica para cerrar acuerdos que mueven miles de millones.


Pero el verdadero cambio no está solo en la tecnología, sino en quién la controla. Google, Amazon y Meta ya no son simples empresas: regulan conversaciones globales, controlan la infraestructura digital y establecen normas que afectan a millones de personas. Algunos expertos hablan de “tecnofeudalismo”: un sistema en el que las plataformas son feudos, los datos son tributos y los usuarios, vasallos digitales.


Europa intenta plantar cara. Iniciativas como EuroStack buscan construir una infraestructura digital propia para no depender de Silicon Valley, mientras leyes como el DSA y el DMA intentan limitar el poder de las big tech. Pero esta lucha por la soberanía digital no es solo política: también es medioambiental. En lugares como Aragón, Chile o México, los nuevos centros de datos consumen millones de litros de agua y generan tensiones con comunidades que apenas ven beneficios directos.


Desde el Centre Nacional de Supercomputación, Mateo Valero advierte: “Estamos cediendo libertad a unos pocos magnates tecnológicos”. Y el riesgo no es solo perder autonomía: es permitir que las decisiones más importantes para nuestra economía, nuestra cultura y nuestras democracias se tomen en salas de consejo privadas.


La disrupción tecnológica no es un capítulo más de la historia económica. Es una revolución silenciosa que está cambiando quién manda, cómo manda y sobre qué.


Y la pregunta que queda en el aire es simple, pero incómoda:¿queremos un futuro gobernado por estados… o por algoritmos?


 
 
 

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