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¿Está cambiando el mapa del talento? Lo que las startups están enseñando a las grandes empresas

Durante años se creyó que innovar significaba concentrar el talento en las grandes ciudades. Sin embargo, algunas startups están demostrando que el crecimiento ya no depende tanto del lugar donde está la oficina como del lugar donde las personas quieren construir su vida.

Hace unas semanas asistí a un encuentro de emprendedores en Girona. No era uno de esos grandes eventos donde abundan los discursos grandilocuentes sobre el futuro de la innovación. Éramos poco más de treinta personas compartiendo experiencias alrededor de una mesa.

Se habló de inteligencia artificial, de financiación, de la dificultad para vender fuera de España y, cómo no, de contratar talento.

En algún momento de la conversación, uno de los fundadores comentó que acababan de incorporar a un desarrollador especialmente difícil de encontrar. Otro le preguntó si había conseguido convencerlo para trasladarse a Barcelona.

La respuesta fue inmediata:

—No. Hemos sido nosotros quienes hemos dejado de pedirle que se mudara.

Nadie pareció sorprenderse demasiado.

Y eso, probablemente, fue lo más interesante de toda la conversación.

Cuando mudarse deja de ser un requisito

Hace apenas unos años, aquella respuesta habría provocado un debate. Hoy empieza a asumirse con absoluta normalidad. No porque Barcelona haya dejado de ser un gran ecosistema tecnológico. Sigue siéndolo y lo seguirá siendo durante mucho tiempo.

La diferencia es que las empresas jóvenes han empezado a entender algo antes que muchas organizaciones tradicionales: el talento ya no siempre está dispuesto a reorganizar su vida para acercarse a una oficina.

Durante mucho tiempo dimos por hecho que esa era la única forma posible de crecer. Las startups nacían en las grandes ciudades porque allí encontraban universidades, inversores, clientes, aceleradoras y otros emprendedores. Era un ecosistema que se alimentaba a sí mismo: cuanto más talento llegaba, más empresas se creaban; y cuantas más empresas aparecían, más talento atraían.

Ese modelo no ha desaparecido.

Lo que ha cambiado son algunas de las razones que lo hacían imprescindible.

La tecnología ha reducido el coste de la distancia

Hace veinte años, compartir oficina era casi una condición necesaria para sacar adelante un proyecto tecnológico. Hoy muchas empresas trabajan con equipos distribuidos entre varias ciudades e incluso países.

Las reuniones se celebran por videoconferencia, los proyectos se coordinan mediante plataformas colaborativas y buena parte de las decisiones importantes ya no depende de estar físicamente en el mismo edificio.

La tecnología ha reducido el coste de la distancia.

Y, cuando eso ocurre, comienzan a pesar otras variables que hasta hace poco apenas entraban en la conversación: el precio de la vivienda, el tiempo dedicado a los desplazamientos, la posibilidad de conciliar y la calidad de vida.

Todo aquello que durante años parecía una cuestión exclusivamente personal empieza a convertirse también en una decisión empresarial.

Porque contratar talento no consiste únicamente en ofrecer un buen salario. Consiste, sobre todo, en entender qué espera esa persona de su vida.

Las startups están cambiando primero

Este cambio se aprecia con especial claridad en muchas startups. No necesariamente porque sean más modernas, sino porque están acostumbradas a cuestionarlo casi todo.

Si una oficina grande deja de aportar valor, la reducen. Si un proceso puede hacerse mejor de otra manera, lo cambian. Y si un profesional excelente no quiere abandonar la ciudad donde vive, adaptan la organización antes que renunciar a incorporarlo.

No siempre resulta posible.

Pero cada vez ocurre con más frecuencia.

Esta transformación también empieza a beneficiar a territorios que durante décadas vivieron resignados a perder parte de su talento joven. Ciudades medianas y municipios bien conectados descubren ahora que algunos profesionales ya no necesitan marcharse para desarrollar una carrera internacional.

Trabajan para empresas de Barcelona, Londres o Berlín, pero pueden vivir cerca de su familia, en un entorno donde acceder a una vivienda resulta más asequible y donde la calidad de vida pesa tanto como el proyecto profesional.

No se descentralizan las empresas, sino el talento

No estamos asistiendo a una deslocalización empresarial en el sentido clásico del término. Las empresas no abandonan Barcelona para instalarse masivamente en otros lugares.

Lo que empieza a descentralizarse es el talento.

Esta diferencia es importante porque modifica nuestra manera de entender el desarrollo económico.

Durante décadas, los territorios compitieron por atraer empresas. Ofrecían suelo industrial, incentivos fiscales o mejores infraestructuras con la esperanza de generar empleo. Esa estrategia sigue teniendo sentido en muchos sectores, pero la economía del conocimiento introduce un matiz diferente.

Quizá el recurso más valioso ya no sea la empresa.

Quizá sea la persona.

Si un ingeniero, un científico de datos o un especialista en inteligencia artificial puede trabajar desde casi cualquier lugar, las ciudades empiezan a competir por algo mucho más complejo que una inversión empresarial: compiten por convertirse en lugares donde esos profesionales quieran vivir.

Y esa competición no se gana únicamente con fibra óptica.

Se gana ofreciendo vivienda, buenos servicios públicos, transporte, seguridad, espacios culturales y una determinada forma de entender la vida cotidiana.

Una lección para las grandes empresas

Algunas startups lo han comprendido antes que nadie porque dependen completamente de las personas que forman sus equipos. Saben que perder un perfil clave puede retrasar un proyecto durante meses. También saben que encontrarlo de nuevo no siempre es posible.

Quizá por eso han sido las primeras en cambiar.

Las grandes empresas probablemente acabarán recorriendo el mismo camino, aunque lo hagan a otro ritmo. De hecho, ya empiezan a hacerlo. Cada vez son más las organizaciones que publican ofertas sin exigir una ciudad concreta de residencia o que combinan los encuentros presenciales con modelos de trabajo mucho más flexibles.

No lo hacen para seguir una moda.

Lo hacen porque el mercado laboral está cambiando delante de sus ojos.

Dentro de unos años seguiremos hablando de Barcelona como uno de los grandes polos tecnológicos europeos. No existen razones para pensar lo contrario. La diferencia es que muchas de las personas que trabajen para esas empresas quizá ya no vivan en Barcelona.

Y eso no debería interpretarse como una pérdida.

Más bien como la prueba de que el conocimiento ha dejado de depender de un código postal y ha empezado a moverse hacia los lugares donde las personas creen que merece la pena construir su vida.


 
 
 

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