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Girona, la oportunidad que nadie está viendo

Las inversiones anunciadas en Flix y Móra la Nova han abierto un nuevo mapa tecnológico en Cataluña. La pregunta es si la provincia que menos aparece en ese debate puede acabar desempeñando uno de los papeles más relevantes.


Durante años, la política industrial se midió por la capacidad de atraer fábricas. Después llegaron los parques tecnológicos, los centros logísticos y las sedes corporativas. Hoy, el tablero vuelve a cambiar. La carrera ya no consiste únicamente en fabricar más o producir a menor coste, sino en decidir dónde se desarrollará la próxima generación de conocimiento y, sobre todo, dónde se convertirá ese conocimiento en soluciones útiles.

Los anuncios realizados este verano sobre Flix y Móra la Nova son una buena muestra de esta transformación. La inversión prevista para convertir la antigua planta de Ercros en un gran centro de datos y la candidatura de la Ribera d’Ebre para albergar una de las futuras gigafactorías europeas han situado a las Terres de l’Ebre en el centro de una conversación que, hasta hace poco, parecía reservada a Silicon Valley o a las grandes capitales tecnológicas.

Más allá de su impacto económico inmediato, ambos proyectos reflejan algo más profundo: Cataluña ha decidido participar en la nueva geografía de la computación.

La provincia que apenas aparece en el debate

Resulta llamativo que, mientras esta conversación gana espacio, apenas se mencione a Girona. No porque le falten argumentos, sino porque quizá todavía no ha sabido presentarlos como parte de una misma estrategia.

La provincia reúne una combinación de factores que, observados por separado, pueden parecer poco extraordinarios: una universidad con grupos de investigación consolidados en robótica y visión artificial, una economía diversificada, un potente tejido agroalimentario, una industria exportadora competitiva, hospitales de referencia, un aeropuerto internacional, puertos, conexión directa con Francia y uno de los destinos turísticos más reconocidos del Mediterráneo.

Lo singular no es cada una de esas piezas. Lo singular es que todas convivan en un territorio compacto, a menos de una hora de distancia.

Quizá el problema sea precisamente ese. Girona nunca ha necesitado construir un gran relato sobre sí misma. Durante décadas, Barcelona ha ejercido como escaparate internacional de Cataluña y el resto del territorio ha quedado, en buena medida, fuera del foco. Sin embargo, las grandes transformaciones económicas suelen alterar estas jerarquías.

La historia ofrece numerosos ejemplos. Detroit no era la ciudad más importante de Estados Unidos antes del desarrollo de la industria del automóvil. Eindhoven apenas aparecía en los mapas económicos europeos antes de que Philips impulsara un ecosistema de innovación que todavía hoy es una referencia. Incluso Silicon Valley nació lejos de los principales centros financieros y políticos del país.

La ventaja no siempre pertenece al lugar más conocido, sino al territorio que encuentra antes una función propia.

La tecnología necesita problemas reales que resolver

Esta idea resulta especialmente relevante porque la conversación sobre inteligencia artificial se ha simplificado en exceso. Se habla de modelos, chips y centros de datos, pero mucho menos de los lugares donde esa capacidad tecnológica terminará resolviendo problemas concretos. Y es precisamente ahí donde el mapa empieza a cambiar.

La experiencia demuestra que las infraestructuras, por sí solas, rara vez transforman un territorio. Los puertos generaron prosperidad cuando aparecieron industrias capaces de exportar a través de ellos. Los aeropuertos se convirtieron en motores económicos cuando comenzaron a atraer actividad y no solo pasajeros.

Con la nueva infraestructura digital ocurre algo parecido. Un gran centro de cálculo puede ser imprescindible, pero representa el principio de la cadena de valor, no el final. El verdadero impacto llegará cuando empresas, hospitales, universidades y administraciones encuentren nuevas formas de aprovechar esa capacidad.

Desde esta perspectiva, Girona deja de parecer un territorio periférico y se convierte en un escenario especialmente interesante. No porque deba competir con Barcelona para atraer las sedes de las grandes tecnológicas, sino porque ya dispone de algo mucho más difícil de construir desde cero: un entorno en el que conviven problemas reales susceptibles de convertirse en soluciones exportables.

Un laboratorio a escala real

Basta recorrer la provincia para comprobarlo. Pocos territorios concentran una diversidad semejante.

La presión turística sobre la Costa Brava plantea desafíos relacionados con la movilidad, el consumo de agua, la gestión energética y la conservación del litoral. El interior mantiene una agricultura cada vez más tecnificada y, al mismo tiempo, más expuesta a unas condiciones climáticas cambiantes. Los incendios forestales obligan a perfeccionar los sistemas de prevención, predicción y respuesta. La industria necesita mejorar su productividad y eficiencia sin perder competitividad. Los hospitales generan una cantidad creciente de información clínica cuya gestión será uno de los grandes retos sanitarios de la próxima década.

Cada uno de estos ámbitos presenta un problema diferente, pero todos forman parte de un mismo territorio.

Esa concentración de escenarios convierte a Girona en algo parecido a un laboratorio a escala real. No un laboratorio entendido únicamente como un edificio lleno de investigadores, sino como un espacio donde sea posible diseñar, probar y mejorar soluciones antes de trasladarlas a otros mercados.

La diferencia es importante. Muchas regiones aspiran a atraer empresas tecnológicas. Es mucho menos frecuente encontrar territorios capaces de ofrecerles un entorno completo para experimentar, validar y crecer.

Girona podría ensayar nuevos modelos de gestión turística basados en datos, sistemas inteligentes para reducir el consumo de agua, herramientas de prevención de incendios, aplicaciones de inteligencia artificial para el sector sanitario, automatización industrial o tecnología aplicada a la agricultura. Si estas soluciones funcionan en un territorio tan diverso, también pueden funcionar en muchas otras regiones de Europa y del Mediterráneo.

Más allá de los centros de datos

Quizá, por tanto, la pregunta más interesante no sea dónde se instalarán los próximos centros de datos. La verdadera cuestión estratégica es dónde aparecerán las empresas que aprenderán a sacar partido de esa nueva infraestructura.

La respuesta dependerá menos del número de servidores instalados que de la capacidad para conectar universidad, empresa, administración y tejido productivo alrededor de desafíos compartidos. La infraestructura puede aportar capacidad de cálculo, pero son las personas, las organizaciones y los proyectos quienes convierten esa capacidad en actividad económica.

En este punto, la posición geográfica de Girona añade otro elemento que suele pasar desapercibido. La provincia ocupa un extremo del corredor que conecta Barcelona con el sur de Francia, una de las áreas con mayor concentración de actividad científica e industrial del Mediterráneo occidental.

Durante décadas, esta localización se interpretó casi exclusivamente desde una perspectiva logística. Hoy empieza a adquirir un significado diferente. La innovación ya no depende únicamente de la proximidad física, sino de la capacidad para integrarse en redes de conocimiento que atraviesan fronteras con naturalidad. En ese contexto, Girona está mucho menos aislada de lo que sugieren los mapas administrativos.

El reto de construir una estrategia compartida

Nada de esto garantiza el éxito. Las oportunidades no se materializan por la simple acumulación de activos, sino por la existencia de una estrategia capaz de darles sentido.

Ese es, probablemente, el principal reto. Girona dispone de universidad, investigación, industria, turismo, servicios sanitarios y una posición geográfica privilegiada, pero estos elementos todavía funcionan, en gran medida, como piezas independientes. El desafío consiste en construir un proyecto compartido que permita dejar de verlos como fortalezas aisladas y empezar a entenderlos como partes de un mismo ecosistema.

Eso exige definir prioridades, facilitar la colaboración entre instituciones, apoyar la creación de empresas tecnológicas vinculadas a los sectores propios del territorio y convertir la provincia en un espacio atractivo para el talento. No se trata de intentar hacerlo todo, sino de escoger aquellos ámbitos en los que Girona puede aportar algo que otros territorios difícilmente puedan reproducir.

Es posible que dentro de unos años recordemos las inversiones de Flix y Móra la Nova como el momento en que Cataluña decidió apostar por una nueva política industrial. Si eso ocurre, la pregunta ya no será qué territorios albergaron las primeras infraestructuras, sino cuáles supieron construir una economía alrededor de ellas.

Y ahí Girona todavía llega a tiempo.

No para convertirse en una copia de Barcelona.

Tampoco para competir con las Terres de l’Ebre.

Sino para ocupar un espacio que, paradójicamente, continúa vacío: el de un territorio capaz de convertir tecnología en soluciones, conocimiento en industria y diversidad económica en una ventaja competitiva difícil de replicar.

En un momento en el que casi todas las regiones intentan parecerse entre sí, quizá esa sea la mejor estrategia posible.


 
 
 

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