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La batalla del Estrecho: España, Marruecos y la carrera por convertir el hidrógeno verde en poder industrial

hace 7 horas
8 min de lectura

Hay una forma equivocada de imaginar el hidrógeno verde: como si fuera simplemente el petróleo del futuro. La comparación resulta atractiva. Países con abundantes recursos solares y eólicos producirían grandes cantidades de energía, la transformarían en hidrógeno y la exportarían hacia los grandes centros industriales europeos. En ese escenario, Europa podría reducir progresivamente su dependencia de los hidrocarburos y recurrir a nuevas fuentes energéticas procedentes de regiones con abundantes recursos renovables.

La Península Ibérica y el norte de África aparecen entonces como territorios especialmente relevantes.

Pero el hidrógeno tiene una diferencia fundamental respecto al petróleo: no existe como recurso natural esperando a ser extraído. Hay que fabricarlo. Para ello se necesitan electricidad renovable, agua, electrolizadores, infraestructuras, almacenamiento, transporte y grandes cantidades de capital. Además, el hidrógeno puede transformarse posteriormente en amoniaco, metanol, combustibles sintéticos, fertilizantes o productos industriales. Cada una de esas transformaciones implica nuevos costes y consumo energético.

Por eso, la carrera que comienza entre España y Marruecos es mucho más importante que una simple competición por producir hidrógeno barato. Lo que está en juego es qué país será capaz de construir alrededor de esta molécula un ecosistema industrial capaz de generar inversión, empleo y valor añadido.

Y en esa competición, la distancia entre ambos países es mucho menor de lo que podría parecer.

Una molécula en busca de una economía

El entusiasmo por el hidrógeno verde tiene una explicación. Existen sectores en los que la electrificación directa resulta difícil o insuficiente. Un automóvil puede funcionar con una batería y una vivienda puede calentarse mediante una bomba de calor. Muchos procesos industriales también pueden electrificarse directamente.

Sin embargo, existen actividades en las que estas soluciones presentan mayores dificultades. Fertilizantes, determinados procesos químicos, producción primaria de acero, transporte marítimo, algunos combustibles sintéticos y determinados segmentos de la aviación son algunos de los ámbitos donde el hidrógeno puede desempeñar un papel relevante.

Esto significa que el futuro del hidrógeno probablemente no consistirá en utilizarlo para todo, sino en concentrarlo allí donde existen menos alternativas.

La consecuencia es importante. El éxito no dependerá necesariamente de quién anuncie más gigavatios de electrolizadores, sino de quién consiga producir una molécula competitiva y, sobre todo, encontrar industrias dispuestas a consumirla de manera estable durante décadas.

Ese segundo desafío puede ser más complicado que el primero.

El hidrógeno renovable todavía no es, de forma generalizada, una materia prima barata. La cuestión central de esta década será cómo reducir esa diferencia de costes y conseguir que exista una demanda industrial capaz de sostener las inversiones.

Y pocos territorios europeos parten con una posición tan favorable como España.

España tiene algo que Europa necesita

Durante décadas, España ocupó una posición relativamente periférica dentro del sistema energético europeo. Situada en el extremo occidental del continente y con conexiones limitadas con el resto de Europa, su posición energética estuvo condicionada por la dependencia de combustibles importados.

La transición energética puede modificar parcialmente esa situación.

España cuenta con excelentes condiciones solares, importantes recursos eólicos, disponibilidad de suelo en amplias zonas del territorio, una industria eléctrica desarrollada y una red energética construida durante décadas. A ello se suman puertos industriales, refinerías, plantas químicas, instalaciones siderúrgicas y experiencia en el manejo de gases y productos energéticos.

El Gobierno español ha convertido esta ventaja potencial en una apuesta estratégica. La actualización del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima establece para 2030 un objetivo de 12 GW de electrolizadores, acompañado por una importante expansión de la capacidad renovable.

Pero quizá el activo más importante de España no sean los propios electrolizadores.

Es la industria que puede consumir el hidrógeno.

Producir hidrógeno o fabricar con hidrógeno

Imaginemos dos países.

El primero consigue producir hidrógeno a 2,5 euros por kilogramo y lo exporta. El segundo lo produce a 3 euros, pero utiliza esa molécula para fabricar acero, fertilizantes, metanol o combustibles sintéticos que posteriormente vende al mercado europeo.

La pregunta fundamental es dónde queda el mayor valor añadido.

Esta cuestión es especialmente relevante para España. Convertirse simplemente en productor y exportador de hidrógeno supondría una oportunidad importante, pero sería una victoria menor que utilizar la disponibilidad de energía renovable competitiva para atraer y conservar industria electrointensiva.

Huelva, Puertollano, Cartagena, Tarragona, Bilbao o Asturias pueden desempeñar un papel tan importante en esta transformación como los grandes parques solares de Extremadura o Aragón.

España ya dispone de potenciales consumidores industriales: refinerías que utilizan hidrógeno convencional, plantas de fertilizantes, industria química, siderurgia y grandes complejos portuarios tanto en el Mediterráneo como en el Atlántico.

Esto permite reducir uno de los grandes riesgos de cualquier nueva industria energética: construir una enorme capacidad de producción antes de que exista una demanda suficiente.

El objetivo, por tanto, no debería ser únicamente producir hidrógeno. También debería ser utilizarlo para transformar la estructura industrial.

Si Europa aumenta la presión sobre los productos intensivos en carbono, la disponibilidad de electricidad renovable podría permitir que determinadas regiones españolas se conviertan en espacios competitivos para fabricar productos que actualmente dependen del gas natural o del carbón.

En ese escenario, el hidrógeno dejaría de ser el producto final.

Se convertiría en el insumo.

La exportación relevante ya no serían necesariamente millones de toneladas de H₂, sino acero verde, fertilizantes, metanol o combustibles sintéticos.

Y es precisamente en este punto donde aparece Marruecos.

Al otro lado del Estrecho

Marruecos ha llegado a una conclusión similar. Su estrategia, conocida como Offre Maroc, plantea una apuesta de gran escala por el desarrollo de una industria vinculada al hidrógeno verde.

El país ha reservado extensiones de terreno para proyectos energéticos y ha seleccionado consorcios nacionales e internacionales para iniciativas relacionadas con generación renovable, electrólisis y producción de derivados.

La comparación con España requiere cierta cautela. El objetivo español de 12 GW para 2030 constituye una meta nacional, mientras que buena parte de las cifras marroquíes corresponden a proyectos anunciados o seleccionados que todavía deben superar las fases de desarrollo, financiación y construcción.

No se trata, por tanto, de magnitudes directamente equivalentes.

Pero la dirección estratégica resulta clara.

Marruecos tampoco parece querer limitarse a producir hidrógeno. Sus proyectos incluyen amoniaco, combustibles sintéticos y acero verde.

La lógica industrial es evidente: aprovechar sus recursos energéticos para desarrollar productos con mayor valor añadido.

En otras palabras, Rabat no quiere simplemente exportar energía.

Quiere exportar industria.

La ventaja marroquí

Marruecos dispone de una combinación de factores especialmente interesante. Cuenta con un extraordinario recurso solar, importantes zonas con potencial eólico, grandes extensiones de terreno y costes laborales inferiores a los europeos.

Además, se encuentra a pocos kilómetros de la Unión Europea y ocupa una posición geográfica privilegiada entre el Atlántico, el Mediterráneo, Europa y África.

Existe también otro elemento que puede resultar decisivo: los fosfatos.

La producción de fertilizantes requiere amoniaco y la fabricación de amoniaco requiere hidrógeno. La combinación de fosfatos, energías renovables e hidrógeno verde proporciona una lógica industrial mucho más sólida que limitarse a construir electrolizadores destinados a producir una molécula para exportación.

Marruecos parece haber entendido además otro factor fundamental: los grandes proyectos energéticos necesitan integrar suelo, electricidad, agua e infraestructuras.

La estrategia incorpora generación renovable, electrólisis y desalación.

La cuestión del agua es especialmente relevante. Marruecos afronta un importante estrés hídrico y la producción de hidrógeno requiere agua, aunque su peso económico sea generalmente inferior al de la electricidad. En regiones áridas, utilizar agua dulce para grandes proyectos energéticos puede generar una competencia creciente con otros usos.

La desalación puede convertirse así en una condición de viabilidad para parte de esta industria.

La ventaja española

España afronta una situación diferente.

Marruecos puede producir determinadas moléculas a costes potencialmente muy competitivos, pero España se encuentra dentro del mercado que pretende comprarlas.

La diferencia es estructural.

España forma parte de la Unión Europea, del mercado único y del marco regulatorio que está definiendo qué podrá considerarse hidrógeno renovable, cómo deberán contabilizarse sus emisiones y qué mecanismos de apoyo podrán recibir los proyectos.

También dispone de una infraestructura gasista desarrollada, importantes conexiones portuarias, capacidad industrial y acceso directo al sistema financiero europeo.

Y existe un elemento especialmente importante: su proximidad a Francia.

De ahí la relevancia estratégica de H2Med.

El proyecto no consiste únicamente en construir una infraestructura para transportar hidrógeno. Su importancia reside en la posibilidad de transformar la Península Ibérica de extremo energético europeo en una futura puerta de entrada hacia los principales centros industriales del continente.

Si el corredor se desarrolla según lo previsto, parte del hidrógeno producido en España y Portugal podría desplazarse hacia Francia y posteriormente alcanzar Alemania y otros mercados europeos.

Durante décadas, los Pirineos han representado uno de los principales cuellos de botella de las conexiones energéticas españolas con Europa.

En la economía del hidrógeno podrían convertirse en la frontera que determine cuánto valor puede extraer España de su ventaja renovable.

Competidores y socios

Aquí aparece una paradoja.

Cuanto mayor sea el éxito de Marruecos, mayor puede ser también la importancia estratégica de España.

Ambos países compiten por inversión internacional, proyectos de amoniaco, combustibles sintéticos, siderurgia verde y nuevas instalaciones industriales. Pero también pueden resultar complementarios.

España y Marruecos tienen un interés compartido en que Europa desarrolle una economía del hidrógeno suficientemente grande como para absorber producción, atraer capital y crear cadenas industriales.

El escenario más interesante no tiene por qué ser uno en el que España desplace a Marruecos o Marruecos desplace a España.

Podría surgir un sistema energético ibérico-magrebí conectado con los grandes centros industriales europeos.

La cuestión estratégica será entonces dónde queda el valor añadido dentro de ese sistema.

España podría cometer con el hidrógeno un error conocido en otras economías basadas en recursos naturales: celebrar el volumen de producción mientras exporta buena parte del valor generado.

El país dispone de sol y viento. Puede producir electricidad renovable competitiva y transformarla en hidrógeno. Pero eso no garantiza que las fábricas se instalen en territorio español.

Si el hidrógeno producido en España termina siendo transportado hacia Alemania para alimentar allí la industria, España habrá mejorado su posición energética, generado inversión y creado actividad económica, pero solo habrá capturado una parte del valor potencial.

Si, en cambio, esa disponibilidad energética consigue atraer producción de acero, fertilizantes, productos químicos, combustibles marítimos o componentes industriales, el impacto económico puede ser mucho mayor.

Por eso, la métrica fundamental quizá no debería ser el número de toneladas de hidrógeno anunciadas ni la cantidad de gigavatios proyectados.

Debería ser el valor industrial creado por cada megavatio renovable.

El problema de la demanda

Toda esta carrera contiene una incertidumbre que suele quedar escondida detrás de las grandes cifras de inversión: la demanda futura.

Durante los primeros años de entusiasmo por el hidrógeno se plantearon aplicaciones prácticamente universales. Calefacción, automóviles, generación eléctrica, transporte pesado, industria, aviación y almacenamiento aparecían como potenciales mercados.

La evolución tecnológica y económica está obligando a diferenciar entre usos.

Las baterías han ganado terreno en el transporte terrestre. Las bombas de calor ofrecen una alternativa más eficiente para numerosos usos térmicos. Y la electrificación directa evita las pérdidas asociadas a transformar electricidad en hidrógeno para posteriormente volver a utilizarlo como fuente energética.

Esto está concentrando progresivamente el caso económico del hidrógeno alrededor de determinados sectores difíciles de descarbonizar.

No significa necesariamente que el mercado vaya a ser pequeño.

Significa que probablemente será más industrial y menos universal de lo que algunas previsiones iniciales sugerían.

A finales de esta década será posible evaluar con mayor precisión qué parte de las expectativas se ha convertido en realidad.

La referencia no deberían ser únicamente los comunicados de inversión.

Habrá que observar cuántos electrolizadores funcionan realmente, cuántas horas operan, a qué costes producen, quién compra el hidrógeno, cuántos proyectos alcanzan decisiones finales de inversión y cuánto capital privado llega después de las ayudas públicas.

Y, sobre todo, habrá que observar qué industrias se han instalado alrededor de ellos.

El nuevo mapa energético del Estrecho

El Estrecho de Gibraltar ocupa un lugar central en este nuevo mapa.

Al norte se encuentra un país europeo con uno de los mejores recursos renovables del continente, una infraestructura energética desarrollada y una importante base industrial.

Al sur existe una economía emergente con extraordinarios recursos solares y eólicos, grandes extensiones disponibles, costes potencialmente menores y una política industrial cada vez más ambiciosa.

España parte con ventajas vinculadas al mercado europeo, las infraestructuras y la industria existente.

Marruecos parte con ventajas relacionadas con sus recursos naturales, disponibilidad de suelo y costes potencialmente menores.

Ambos persiguen el mismo objetivo: alcanzar la escala suficiente para convertir sus ventajas energéticas en una posición industrial duradera.

Los dos han comprendido que vender simplemente hidrógeno podría significar quedarse a mitad de camino.

Por eso, la carrera que comienza a ambos lados del Estrecho no decidirá únicamente quién consigue producir la molécula verde más barata.

Decidirá dónde se fabrican los fertilizantes, el acero, el metanol y los combustibles que Europa necesitará para descarbonizar aquellos sectores que no puede electrificar fácilmente.

La verdadera batalla no es por el hidrógeno.

Es por la industria que vendrá detrás.


 
 
 

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